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21 Place Vendôme

Relato de un encuentro con la historia (del arte y de la moda) y el hombre al que se ha confiado su ‘continuará’.

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
11 de junio, 2020

Uno, dos y hasta tres. En el tercer salón idéntico de la segunda planta del Hôtel de Fontpertuis, el lugar que Elsa Schiaparelli convirtió en sede de su firma en 1935, la luz de enero que entra por los balcones es cegadora y el silencio, solo interrumpido por una puerta que se abre y se cierra a lo lejos y el ir y venir de algunos pasos acusados por el parqué, de los que impone respeto. Me encuentro en medio del ejemplo perfecto de una casa de costura: un lugar en el que lo grandioso de sus estancias abiertas a las visitas con cita previa casi hace olvidar que lo que las mantiene en pie es lo que sucede entre las sombras de sus habitaciones interiores. También es la tercera cita con Schiaparelli de mi vida, y la de esta la semana. La primera, el lunes por la mañana, fue el pistoletazo de salida de las presentaciones de alta costura y la confirmación de que Daniel Roseberry es el diseñador adecuado para la casa. La segunda, un día después y un piso de este 21 de place Vendôme por encima de mi cabeza, el momento para el tête à tête con la colección Primavera/Verano 2020. No hubo lluvia de pétalos como al final del desfile ni se la echó de menos. De cerca, el volumen del hombro del vestido del look cinco es una escultura, lo que el ojo asimiló como una seda acuosa en el 25 se desvela como lentejuelas mínimas y descubro que al último homenaje del Bone Dress no le hace falta una modelo para parecer que está a punto de echarse a andar.

Veinticuatro horas más tarde la vista al monumento de una de las plazas más famosas de la ciudad, en la que coexisten las firmas que desarrollan la actividad más sostenible de la industria de la moda (siempre precedida por un “alta”, ya sea joyería o costura), ameniza la espera. Llega tarde, pero su manera de disculparse fulmina cualquier sospecha de un escenificado fashionably late. A pesar de que la agenda le pisa los talones, de que calcula que ha hecho unas 15 entrevistas en los últimos dos días (más tarde descubriré que además estaba inmerso en la grabación de un minidocumental sobre su primer año en la casa) y de que cuando hablamos de costura el misterio de los pedidos y las ventas se resuelve de manera prácticamente inmediata, Daniel Roseberry está tranquilo. O parece tranquilo. Tan relajado como si acabase de darse un baño. “Me gustan las entrevistas. Soy bastante abierto, a veces demasiado. Me hace feliz conocer y conversar, encontrar una conexión”. Conectemos los puntos, entonces.

Daniel Roseberry Schiaparelli

Si ahora compartimos sofá es porque Diego Della Valle, consejero delegado del grupo Tod’s, compró Schiaparelli en 2006. Si tardó seis años en volver a ponerla a andar es porque no tiene prisa, aspecto que, no está de más señalar, le diferencia de sus homólogos al frente de grandes conglomerados. El italiano, único ejecutivo capaz de encandilar a Alber Elbaz tras el desengaño que sufrió con Lanvin, fichó a un relativamente desconocido Roseberry en abril de 2019 después de dos intentos de devolver el esplendor a la firma con los diseñadores Marco Zanini (2013) y Bertrand Guyon (2015-2019). El problema de Schiaparelli era tan sencillo como complicado: el mito de la mujer que le dio su nombre, como el carácter de Elsa, es imposible de domar. Un acercamiento amistoso es toda una victoria y solo un perfil creativo cargado de visión y diplomacia puede estar a la altura de las circunstancias.

Schiaparelli no fue diseñadora ni artista. Gravitó en el término medio. “Diseñar ropa… para mí no es una profesión, sino un arte”, escribió en su autobiografía Shocking Life, publicada en 1954. Durante sus 40 años de trayectoria, que comenzaron con un jersey de punto en dos tonos con el trampantojo de un lazo (1926) y pasaron por el Lobster Dress en colaboración con Dalí (1937) y las joyas de la mano de Giacometti (1935), llevó la relación entre moda y arte a la categoría de amantes. En palabras de Jean Cocteau, con el que también creó algunas de sus piezas más famosas, “Schiaparelli es sobre todo la modista de la excentricidad… Su establecimiento en place Vendôme es el laboratorio de un diablo. Las mujeres que van allí caen en una trampa y salen enmascaradas”. Enmascaradas y transformadas en obras andantes, porque fue Schiaparelli la primera que aplicó el concepto de idea artística al vestido, convirtiéndose en parte de la corriente surrealista.

“Recuerdo esas imágenes como todo el mundo porque se graban a fuego en tu cerebro, tienen mucho poder”

Schiaparelli Haute Couture Spring/Summer 2020

“Es una especie de zona cero de lo que estaba sucediendo en su tiempo”, comenta Roseberry. “Recuerdo esas imágenes como todo el mundo porque se graban a fuego en tu cerebro, tienen mucho poder”. El director creativo tiene las maneras. Las que requiere la tarea que desempeña y las relativas a la educación. Nacido y criado en Plano, Texas, hace 34 años, creció rodeado de artistas: “Por parte de mi madre lo son todos. Mi madre, mi abuela, todos mis tíos excepto uno. Artistas muy, muy increíbles. Mi abuela paterna es escultora en Arizona y mis hermanas pequeñas también son artísticas. Sus obras siempre fueron parte de la conversación y yo empecé a dibujar antes de ser capaz de hablar”. La chispa del interés por la moda fue el vestido de novia de su cuñada y se transformó en fuego con un documental sobre Michael Kors que vio en televisión a los trece años. Aplicó el dibujo como medio de comunicación en el colegio, en el Fashion Institute of Technology de Nueva York y en la década que pasó en Thom Browne, casa en la que desempeñó el puesto de director de diseño para hombre y mujer durante cinco años. “Es lo que me ha hecho destacar”, afirma. Pero en la vida, ya se sabe, hay que soltar ciertas cosas para poder abrazar otras; y el agosto de 2018 le pilló solo dibujando de madrugada en su apartamento de Chinatown. Había abandonado su trabajo en la firma americana, conocida por cambiar las proporciones de la sastrería mediante un corte impecable, y preparaba el proyecto para ganarse el volante de Schiaparelli. Repitió esa escena en su primer desfile de costura en julio de 2019, cuando se colocó en el centro de la presentación, replicando bocetos mientras las modelos paseaban a su alrededor sus creaciones.

Lo cierto es que la idea del diseñador que busca el foco no encaja con el hombre que tengo a mi lado. Su tono de voz es bajo, ninguno de sus gestos exagerado. Lleva un uniforme azul marino (“Prefiero vestir discretamente, no soy alguien que lleve moda, hago mis propios trajes y es lo que siempre me pongo“), sabe estar de pie y mantenerse sentado, y no todo el mundo logra dominar esas técnicas con soltura. Ni siquiera le gustan las fiestas. Hay una doble explicación para aquel movimiento. Por un lado, el hecho de que su padre sea pastor anglicano le hace buen conocedor de la capacidad de influjo de una ceremonia. Por el otro, está al día de lo que exigen los nuevos tiempos, es decir, sabe que el público necesita sentir que está viendo algo personal. Sucedió en aquel desfile y se repite cada vez que la firma comparte contenido en las redes sociales. “Para mí, dar pequeñas partes de ti… hay un enorme poder en eso, porque ahí se establece la conexión entre mi trabajo y yo, entre la gente con la que trabajo y yo y entre las personas que realmente están respondiendo a los que hacemos aquí y nosotros. Pienso que es porque sienten que hay un humano detrás. Que no solo lo hacemos por el dinero, por la prensa, porque somos parte de una máquina enorme. La fuerza de ser pequeños es que podemos intimar y dejar que la humanidad de la colección y el proceso se vean”. Con la segunda colección de costura se vio aún más que con la primera. “Creo que encontramos el lenguaje que hablamos ahora, en el que hacemos énfasis en la sastrería con un acercamiento nuevo. Estamos romantizando los trajes, haciéndolos líquidos y muy relajados y sexis. Además, tengo en mente un volumen nuevo y hacer cosas dramáticas de forma novedosa, fresca y joven. Hay inocencia en ello”. Y qué importante es mantenerla.

Schiaparelli Haute Couture Spring/Summer 2020
Schiaparelli Haute Couture Spring/Summer 2020

«La fuerza de ser pequeños es que podemos intimar y dejar que la humanidad de la colección y el proceso se vean»

“Fue una secuela de la primera colección en el sentido de que terminamos la historia de color, fue muy similar en ese aspecto. Estoy empezando a pensar en la siguiente temporada, que quiero que se construya sobre sí misma pero también llevarla al siguiente nivel. Para mí siempre es eso, llevar las cosas al siguiente nivel, no tirar nada que funcionó porque la gente sabe que puede volver a nosotros para tenerlo pero también desafiar al atelier, desafiarme a mí mismo y desafiaros a vosotros a abrazar este nuevo mensaje”. Llueven las buenas críticas, los likes y, a juzgar por su sonrisa al escuchar la pregunta, aumentan las exclusivas ventas: “Tenemos grandes clientas que adoramos y queremos seguir manteniendo y cuidando, mujeres que han sido amigas de la casa, que la han apoyado y han ejercido como verdaderas patronas de las artes. No tengo ningún interés en no perseguir una relación más profunda con ellas, pero también quiero traer clientes nuevos, tanto para la costura como para el prêt-à-porter. Hay mucho potencial para que una nueva ola de mujeres y hombres formen parte de nuestro mundo”. La referencia a los hombres no es casualidad, un deseo o una esperanza. Colabora frecuentemente con el actor y dramaturgo Jeremy O. Harrys, demostrando que la ropa ajena a géneros puede llegar tan lejos como quieras llevarla. Estos días, también ha apoyado activamente la causa antirracista y la iniciativa Black Lives Matter: «Como diseñador y como americano, siempre me acuerdo de la deuda de este país con la belleza y brillantez de los hombres, mujeres, trans y personas negras con disconformidad de género, a quienes debemos tanto. A quienes debemos toda nuestra cultura…».

 

Schiaparelli Haute Couture Spring/Summer 2020

Las figuras de Elsa Schiaparelli y Daniel Roseberry no se pueden comparar, viven tiempos distintos y tienen misiones diferentes. Pero parece que, como la diseñadora, Roseberry trabaja con los sueños dejándose llevar por el instinto. Puede que su tranquilidad tenga que ver con eso, con la certeza de que tiene las herramientas para que Schiaparelli siga escribiendo su historia.

 

 

Fotos: Cortesía de Schiaparelli/Portia Hunt.

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