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La discreta fórmula del éxito

Antes de Khaite y antes de The Row hubo un tipo llamado Zoran.

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
12 de agosto, 2020

Kikinda es una pequeña ciudad situada 135 kilómetros al norte de Belgrado. Según las guías turísticas, sus personajes más célebres son un mamut de más de medio millón de años llamado Kika que fue descubierto en una excavación arqueológica en los 90 y el búho chico, un ave que atrae a los amantes de la ornitología a la zona. Lo que no cuentan es que en 1947 nació allí el hombre que llegó a la industria de la moda para inventar la fórmula que todavía funciona a firmas como The Row o Khaité. Un hombre del que probablemente no has oído hablar por una razón tan sencilla como contundente: no le ha dado la gana.

 

Zoran Ladicorbic estudió arquitectura en Serbia antes de emigrar a Nueva York en 1971 con un billete de avión regalo de su hermana, que se había establecido tiempo atrás en Long Island. En la personalidad del futuro diseñador (de profesión, no de formación) el único rastro que quedó de su origen al poner el primer pie en América fue un profundo marcado acento eslavo. En sus diseños, eso sí, las miradas más educadas pueden percibir algo de las escuelas arquitectónicas del realismo socialista que dominaron el este de Europa durante los 50, los 60 y los 70.

Zoran Fashion

Aterrizó en la moda por casualidad y con nocturnidad. Su primer trabajo fue en el guardarropa de Candy Store, una de las discotecas más concurridas de Manhattan a principios de los 70. El segundo, en la tienda de Pierre Balmain en Madison Avenue. En esa época colaboró también con el diseñador Scott Barrie que, como Halston, le dio muchas vueltas al jersey. El contexto en el que Zoran lanzó su primera colección en 1976 es de sobra conocido y está generosamente documentado: días cortos, noches largas, comisión de excesos y multiplicación de flashes de paparazzi. Zoran, en cuestiones estéticas, optó por el camino comedido: una camisa en tres largos y una falda y un pantalón en un crepe -las partes de arriba eran crema, las de abajo negras-,  a precio de ocho dólares el metro. Invirtió cien en el tejido y pagó tres por pieza confeccionada a un fabricante de pañuelos. Su primer pedido, de cuarenta piezas, lo firmó la compradora Marion Greenberg para Henri Bendel. En ese primer año se calcula -no desvelar cifras forma parte indiscutible de su política de negocio- que las ventas rondaron los 40.000 dólares.

El único cambio significativo que Zoran hizo en los siguientes cuarenta años estuvo en los tejidos, porque en su reducida gama de posibilidades pasaron a figurar el cashmere, la lana de Tasmania, la seda y el lino “solo al 100%”. Las siluetas cambiaron poco; la paleta de color, compuesta siempre por gris neutral, beige y negro, se acentuó en determinados momentos con rojo, morado o azul y en ninguna parte podían verse botones, cremalleras, bordados ni volantes. Cuando reinaba el más es más, Zoran hizo el mínimo menos. Hasta le costaba coser su nombre a las prendas. Tanto, que en 1998 tuvo que pagar a la Federal Trade Comission estadounidense una multa de 14.000 dólares por no incluir las etiquetas de cuidado del tejido que establece la ley. Esas prendas también tenían un sistema de tallas especial porque no había tallas: los sarongs se adecuaban a todo tipo de cuerpo, los skinny pants eran para mujeres con tallas de la 4 a la 6 (el equivalente a una 36-38), los regular pants eran una 10 (la 40) y los pajama pants funcionaban de la 10 a la 16 (hasta la 46). No celebraba desfiles para presentar sus dos colecciones anuales, no hacía publicidad y desde luego no invertía en fiestas multitudinarias. Nunca tuvo tienda en Madison Avenue ni viajó en una clase que no fuera turista. Mientras el resto de firmas del mercado diversificaban productos y puntos de venta a base de licencias, las colecciones de Zoran se vendían en 60 establecimientos en todo el mundo en el momento que el diseñador quería, porque no se ajustaba al calendario de entregas y nunca, bajo ningún concepto, permitía que las rebajasen. Aunque tampoco duraban en las perchas hasta la época de descuentos: en Saks Fifth Avenue o Bergdorf Goodman era habitual mover en un solo día 40.000 dólares en Zorans. “Sabía que podía hacer dinero si abarataba los precios, pero quería que esto durase mucho tiempo”. He ahí la clave del éxito que parece habérsenos olvidado: la exclusividad. La exclusividad que marcan los precios, pero asociados a la calidad extrema y la ropa que desean las mujeres. Además, a base de recortar costes (especialmente los derivados de las relaciones públicas), el margen de beneficio de la firma se acercaba más al 20% que al 10% habitual en las firmas de moda.

Por sus diseños se referían a Zoran como “el GAP de las ricas” y por su carácter le llamaban “el Rasputín de la moda”

Zoran fashion

Ahora que la fórmula de la producción de moda más sostenible está en búsqueda y captura, el modelo de Zoran parece una buena alternativa. Su personaje, en cambio, no encaja con estos tiempos. Tenía la lengua afilada, el carácter en ocasiones insoportable y esa conducta rancia que muchos todavía piensan que reina en la industria: podía negarse a vestirte, decirte que adelgazases o contar al New York Times que le pedías la ropa a precio de coste, como le pasó a Elizabeth Taylor (“¿Cómo puede alguien que gana ese dinero pedir semejante cosa?”). La actriz no fue su única seguidora célebre maltratada: a Jacqueline Kennedy Onassis nunca le concedió el favor de recibirla en persona. A Zoran le gustaba alternar con las Zoranians, mujeres que podían invertir 30.000 dólares al año en un armario que las llevase de la oficina a un avión y de un avión a una fiesta. Mujeres que llevasen el pelo corto y sus prendas con zapatos planos: “No las convenzo para vestirse de manera simple y sencilla. O lo entiendes o no lo entiendes, y si no lo entiendes, no te vendo”. Lo entendieron, por ejemplo, Roberta Arena, que fue vicepresidenta ejecutiva de Citicorp y la autora Nancy Friday, que además de hablar de la ropa del diseñador en sus libros apareció con un look de Zoran en la cubierta de The Power of Beauty en 1996. Un uniforme compuesto por camiseta blanca, pantalones negros o khaki, mocasines de Cole-Haan sin calcetines y grandes cantidades de vodka Stolichnaya completaban su uniforme.

Zoran
Zoran fashion designer

En 1998 una audiencia de 200 personas esperaba la charla diseñador Oscar de la Renta en la Universidad de Nueva York. De la Renta no hizo acto de presencia porque se encontraba atrapado en el aeropuerto de París, así que se subió al escenario un desconocido con un sospechoso parecido a Einstein acompañado de una modelo. Le probó cinco conjuntos que, después, ella guardó sin problemas en un maletín plateado Zero Halliburton de los que los ejecutivos colocaban entonces en el compartimento superior de los aviones. Zoran llevaba más de veinte años de éxito probando que un diseñador nicho podía ser un jugador principal en el mercado (a finales de los 90, sus beneficios se estimaban en 25 millones de dólares), pero casi nadie le conocía. Casi nadie sabe que desde 2014 trabaja solo produciendo pedidos para un puñado de clientas. Pero eso es porque sigue sin querer que lo sepamos.

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