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Costuras digitales

 

152 años de historia después, la alta costura se transformó en un evento virtual. Este es nuestro análisis.

 

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
9 de julio, 2020

Si hay algo que caracteriza a los tiempos inciertos es la abundancia de preguntas y la escasez de respuestas. Es difícil saber qué hacer o qué va a pasar, y por eso a veces también es complicado entender determinados acontecimientos. Por muchas vueltas que se le dé no se llega a comprender por qué no se canceló la semana de la moda de París celebrada entre el 24 de febrero y el 3 de marzo cuando la alarma sanitaria ya no estaba tan lejos como China, sino tan cerca como Italia. Por qué se ha celebrado la de la alta costura en formato digital durante los últimos tres días, cuando medio mundo sigue confinado y el otro medio trata de no tener que volverse a confinar, tampoco parece tener mucho sentido. Aun así, vamos a tratar de encontrárselo.

 

El organismo que decide si se celebran o no las presentaciones es la Fédération de la Haute Couture et de la Mode de París (a partir de ahora Fédération o FHCM), que engloba tres cámaras sindicales (la de la costura, la de la moda femenina y la de la moda masculina) y está compuesta por alrededor de cien miembros entre los que se incluyen las casas más famosas de la moda francesa. Además de establecer las fechas, la Fédération determina quién forma parte del reducido calendario de la haute couture como miembro (para la temporada O/I 20-21 que se acaba de celebrar figuran Schiaparelli, Maurizio Galante, Dior, Maison Rabih Kayrouz, Giambattista Valli, Chanel, Alexis Mabille, Stéphane Rolland, Julien Fournié, Alexandre Vauthier, Maison Margiela, Franck Sorbier, Bouchra Jarrar y Adeline André), como corresponsal (Iris Van Herpen) o como invitado (Ulyana Seergenko, Ralph&Russo, Azzaro, Antonio Grimaldi, Xuan, Georges Hobeika, Aganovich, Yuima Nakazato, Aelis, Rahul Mishra, Ronald Van Der Kemp, Imane Ayissi, Guo Pei, Christophe Josse y Julie de Libran). La FHCM tiene su origen en 1868 y el de la alta costura se sitúa solo diez años antes con la apertura de las puertas de la casa de Charles-Frederick Worth.

Esta organización es conocida por los legendarios requisitos que deben cumplir las firmas para entrar en la categoría de alta costura. Normas que definen las manos que elaboran cada prenda, las horas que dedican a ella, el número de veces que deben probarse a los clientes y el número de looks con esas características que deben producirse al año. Estas normas se establecieron en 1945, justo después de la Segunda Guerra Mundial, para devolver el esplendor a la industria de la indumentaria parisina y se mantienen en la actualidad (con su quítame de aquí pero ponme de allí) para alimentar su mito. Eso sí: que la costura sea la cara más romántica de la moda no implica que no sea un negocio.

Un vestido de alta costura tiene un rango de precio que va desde los 9000 al millón de euros (la compradora no conoce a ciencia cierta lo que va a pagar hasta que la pieza no está terminada). Para elaborarlo se necesita un mínimo de tres manos (una premiere y dos costureras) durante 150 horas y la clienta se lo prueba, como mínimo, en dos ocasiones antes de considerarlo acabado. Se calcula que en el mundo hay 4000 clientes de alta costura (solo 200 son considerados habituales), y unas 2200 manos capaces de patronar, cortar, coser y bordar con el rigor que la materia requiere. Esos, los verdaderos maestros de la costura conocidos como petits mains, en muchos casos son freelance y suelen formar parte de petites équipes. Tanto que algunas firmas todavía no han podido terminar los pedidos de la temporada Primavera/Verano que se presentó en enero.

Sobra decir que tal y se han dado las circunstancias, muchos de esos profesionales por cuenta propia no han trabajado esta temporada, y no son los únicos que van a sufrir los efectos de la crisis. Aunque las pérdidas que supone no celebrar esta cita son millonarias casi todas pertenecen a casos particulares, porque en la organización de un desfile participan muchos perfiles (modelos, maquilladores, personal de seguridad y limpieza, diseñadores de set, productores, regidores…) que este mes no van a facturar. Es razonable pensar que cuanto antes vuelva la maquinaria a ponerse en marcha, antes volveremos a la normalidad. Claro que la prisa mata.

El requisito más novedoso y diferenciador de esta cita marcado por la Fédération era que todas las presentaciones debían desarrollarse en el ámbito digital. Tan importante era lo digital que se les olvidó su propia condición del tiempo. Así, no llegaron Schiaparelli (a su director creativo la pandemia le sobrevino en Nueva York y todavía no ha podido pisar el 21 de place Vendôme), Maison Margiela (Galliano y los suyos presentarán su colección Artisanal el próximo 16 de julio a las 18h) y Valentino (podremos ver la versión completa de la alianza de Pierpaolo Piccioli con Nick Knight el 21 de julio a las 16h), que desvelaron un teaser de 48 y 60 segundos respectivamente.

 

 

Llegó como pudo Iris Van Herpen, que presentó un único vestido con el que quiso evocar la idea del renacer y llegó Virginie Viard, que parece haber cocinado su colección para Chanel a la temperatura exacta que exigen los tiempos de incertidumbre que vivimos a pesar de haberse inspirado en las noches interminables de Karl Lagerfeld y su clique en Le Palace. Si en el prêt-á-porter ni frío ni calor, la diseñadora parece tener en el bolsillo las llaves del universo de la costura moderna.

Todavía más se remontó en el tiempo viajó Maria Grazia Chiuri, exactamente al punto en el que decíamos se establecieron las pautas de la costura después de la segunda gran guerra. Su presentación para Dior comenzó con un Théâtre de la Mode (una colección de maniquís tamaño muñeca con los diseños elaborados a escala que  viajará para mostrar a sus clientas) y acabó en un corto de 15 minutos firmado por Matteo Garrone. No es sorpresa que en momentos convulsos las casas grandes tengan las de ganar.

 

Si en el 45 el objetivo era despertar el deseo y recuperar el esplendor, en 2020, desde luego, no se ha cumplido. Y puede que sea por algo que Marc Jacobs le dijo a Tim Blanks durante su conversación para Business of Fashion el pasado mes de mayo: de aquel conflicto la gente se sintió víctima y no responsable, pero esta vez la crisis es tan profunda y abarca tantos aspectos de nuestra vida social que todos tenemos la sensación de haber hecho algo mal para encontrarnos donde estamos.

 

La pandemia y sus consecuencias dieron que pensar. Los intentos de recuperación, también. ¿Ha sido esta semana de la moda un acto de determinación o de cabezonería infantil? ¿Una manera de seguir adelante o de empecinarse en volver al pasado? ¿Un intento digno o uno desesperado? Para resolver estas preguntas hace falta tiempo. Para producir alta costura, también.

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