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El perfume. 

Setenta y dos días de confinamiento pueden causar estragos en una persona acostumbrada a cuestionarse lo propio y lo ajeno con porqués. ¿Por qué hay quien es capaz de convertirse en la estrella invitada hasta de una pandemia? ¿Por qué estaré tan poco cansada, si no duermo? ¿Por qué nos perdemos más cuanta mayor es la cantidad de información que recibimos? ¿Por qué hay tanto ruido si rara vez se ha visto tanto silencio? Así me encontré un día cualquiera de la tercera o cuarta semana de cuarentena (no he perdido el hábito de atar cabos, pero qué manera de desentenderme de la noción del tiempo) preguntándome por qué llevo trece años utilizando el mismo perfume, 

por Raquel Fernández Sobrín

 

lo que demuestra que también conservo la capacidad para pasar de lo profundo a lo superficial en un abrir y cerrar de ojos y, ya lo veremos más adelante, para llevar lo superficial a lo más profundo. Como las mejores preguntas, esta me asaltó de manera casual en una de las pocas veces que me preparaba para bajar a la calle y la reproducción de pasos de una rutina que ya no era la mía me llevó a la doble pulverización ante el espejo. Después de semanas sin olerlo me pareció la primera vez. Trece años, me dije. Y me quedé con el runrún.

 

Trece años son muchos años. La mitad de mi vida desde que alcancé el uso de razón. Sobra decir que poco reconozco en mí de mi yo de hace más de una década. Sobra decir la cantidad de relaciones que he tenido (aunque hiciese el esfuerzo dudo que en un recuento las considerase todas) con las que no me he comprometido tanto ni de una forma tan natural. Tan inconsciente que han hecho falta trece años para que me diera cuenta. He ido y he vuelto, he dejado marchar y he provocado que se fueran (lo siento).

 

Por supuesto que me he visto tentada. Me han hecho flaquear aquel perfume de Balenciaga que olía a violetas (pensar en el trabajo de Ghesquière en la firma francesa combinado con una de mis flores favoritas todavía hace que me tiemblen las piernas), los clásicos Chanel Nº19 o Escale à Portofino de Dior e incluso el famoso Opium (aquí me reconozco víctima de mis propias obsesiones). Casi caigo con Lipstikc Rose de Frederic Malle, porque aunque dicen que huele a pintalabios a mí me recuerda a la primera vez que registré a escondidas el neceser de mi abuela y descubrí que su perenne carmín era el Rouge 999 de Dior. Por qué decidieron cambiarle el packaging, por cierto, me sigue pareciendo un misterio.

 

YSL Opium

El perfume, además de mucho marketing, tiene que ser un viaje. El olfato te lleva a sitios, a lugares concretos. Puede llevarte incluso a donde no has estado, pero quieres llegar. Resulta que el mío no me lleva a ninguna parte del pasado, aunque de alguna manera es el ancla que solté en él. No me arrastra, no camina por delante ni por detrás de mí y, como ya he dicho, hasta me permite olvidar que existe. Me deja pensar con claridad. No me anula ni me convierte en quien no soy, a pesar de que he sido mucha gente. Me lleva de vuelta a mí. ¿Por qué no me había dado cuenta antes de que mi idea de una relación ideal también ha superado la prueba del tiempo?

 

 

Puedes encontrar el resto de mis «casi affairs» aquí.

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