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Fashion week, fashion nonsense 

«¿No es extraño que una industria cimentada sobre la idea de lo nuevo siga empeñada en funcionar al compás de un sistema a la antigua?»

por Raquel Fernández Sobrín

Dicen que la historia se repite. Dicen que la historia se repite cuando lo que en realidad quieren decir es que el ser humano tiende a repetir sus errores. El último mes, por ejemplo, recuerda en cierta medida a lo que pasó durante los últimos días de febrero y los primeros de marzo: desfiles de moda que se celebran mientras aumentan los contagios por coronavirus y se extienden las restricciones para frenarlos en todas las capitales de Europa. Y no es que las semanas de la moda hayan tenido lugar con la pompa habitual, pero es que seis meses más tarde nadie puede agarrarse al argumento de que desconocemos a lo que nos enfrentamos. La fashion week ha resultado ser a la industria lo que Isabel Ayuso a la Comunidad de Madrid: un elemento entorpecedor empeñado en confundir el optimismo y el afán de recuperación con la ignorancia. Un elemento, en definitiva, que no es capaz de asumir la idea del cambio. ¿No es extraño que una industria que vive de lo nuevo siga empeñada en funcionar al compás de un sistema a la antigua?

De acuerdo al Boston Consulting Group, las ventas de artículos de lujo van a menguar entre un 25 y un 45% este año; alargándose la crisis al menos hasta 2023 o 2024, momento en el que la firma de consultoría calcula que se volverá a niveles de 2019. Con esos números sobre la mesa es evidente que las marcas se encuentran entre la espada y la pared, y que presentar colecciones nuevas en muchos casos no es una opción. Pero eso no significa que haya que aferrarse a la idea del desfile (¿cuántos compradores acuden en realidad a los desfiles?) ni a la idea del “desfile seguro”, porque, aunque el objetivo no es convertir estas palabras en un J’accuse, un paseo por las galerías de Vogue Runway sirve para identificar todas las formas en que no utilizamos bien la mascarilla.

¿Qué opción quedaba? La presentación digital. Claro que presentar en formato digital tiene un inconveniente: sin la música, las luces, el humo y los aplausos las colecciones tienen que ser lo suficientemente sólidas para sostenerse. Sin el bombo y los platillos solo quedan las ideas. Hemos visto muchas y muy buenas: el “cambio mono” de Collina Strada, los shows en caja de Jonathan Anderson para JW y Loewe (¿habrían tenido el mismo sentido las mangas poeta o las faldas paracaídas de haberse presentado sobre una pasarela?); las pinturas de Christopher Kane, que fueron también una confesión de que durante el confinamiento no le apetecía pensar en ropa. Le apetecía experimentar con pintura y purpurina mientras estrechaba lazos con su vecino de 92 años. Hemos visto cómo el desfile más esperado, el de la primera colección de Miuccia Prada y Raf Simons -además de un recordatorio del porqué de la influencia de sus nombres en la moda actual-, se convertía en un símbolo de la forma en que la colaboración humana (ahora que empieza a asomar de nuevo esa actitud de sálvese quien pueda) es capaz de mejorar incluso lo que era bueno por separado. Hemos visto y apreciado el esfuerzo de Glenn Martens por inventarse una vez más prendas que pueden llevarse de mil maneras, porque si algo ha quedado claro es que en esta era los escenarios cambian constantemente. Hemos acompañado a Balenciaga en su paseo nocturno con un vídeo del que merece la pena contemplar hasta los segundos finales porque en los créditos se detallan todas las medidas de seguridad que se tomaron durante el rodaje. Hemos recibido (y aceptado) la invitación de Marine Serre a ser libres para reaccionar a nuestro destino.

Huelga decir que la moda no es una cura, ni para el coronavirus ni para el resto de enfermedades que padece nuestra sociedad. Sí tiene la capacidad de actuar como bálsamo. ¿Necesitamos ver cosas bonitas sobre todo ahora, cuando la idea de “bonito” es más diversa que nunca? Sí. ¿Necesitamos ver cosas nuevas? Sí. ¿Necesitamos pretender que no ha pasado nada y que hemos vuelto al estado de las cosas pre-COVID? No, señores. A estas alturas de la película todos estamos de acuerdo en que, para los que seguimos aquí, la vida sigue. La vida sigue, pero no continúa.

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