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La historia de amor de Emily Dickinson

 

Los romances más famosos no son los más extraordinarios. El amor trágico, el que dura siempre, el no correspondido o el que viene y va no tienen nada que hacer al lado del amor inclasificable.

 

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
28 de junio, 2020

 

En la lista de historias de amor más grandes de todos los tiempos están la de Paris y Helena de Troya, la de Romeo y Julieta, la de Bonnie y Clyde, la de Mary y Percey Shelley, la de Wallis Simpson y Edward VIII y la de Frida Khalo y Diego Rivera. Figura, incluso, la de Beyoncé y Jay-Z, aunque creer o no creer aquí es una cuestión de fe. Todas, cada una a su manera, tienen cierto carácter épico y a ellas recurrimos para explicarnos nuestras propias relaciones, para encontrar consuelo, esperanza o simplemente confort. Pero que sean las más famosas no significa, desde luego, que sean las más extraordinarias. El amor trágico, el no correspondido o el que va y viene no se asemejan al amor inclasificable.

 

Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886) conoció a Susan Gilbert cuando estaba a punto de cumplir 20 años. Aquel verano de 1850 las dos levantaron los cimientos de una relación como se construyen las mejores relaciones, a partir de la intimidad que se alimenta de intereses compartidos. Dickinson combinaba su pasión por las letras con la botánica y Susan, que se preparaba para matemática, se devanaba los sesos tratando resolver un teorema con la misma complacencia que analizaba cada palabra, cada punto y cada coma de su amiga.

Emily Dickinson a los 16 años

Los días se convirtieron en meses, los paseos adquirieron la dimensión de peregrinajes y los libros que intercambiaron iban incorporando una incipiente correspondencia que pocas veces se detendría a lo largo de su vida. El tono se amargó cuando Susan se trasladó diez meses a Baltimore para ser profesora en una escuela, pero la inquietud de entonces es hoy prueba de lo intenso de sus sentimientos.

 

«La necesito – debo tenerla,

Oh, dámela»

 

El efecto tranquilizador de su regreso no duró mucho, porque ese mismo otoño Susan anunció su compromiso con Austin, hermano mayor de Emily. Antes de llevarse las manos a la cabeza conviene recordar que en el siglo XIX pocas mujeres podían permitirse no tener un trabajo remunerado o no depender económicamente de un hombre como la autora (más sobre este aspecto en «Emily Dickinson and Class» de Betsey Erkkila). Con todo, su enfado es evidente en esta carta a su hermano:

“Querido Austin, soy aguda, pero tu lo eres bastante más, tengo algo de zorro ¡pero tú eres más sabueso! Supongo que aun así somos buenos amigos, y supongo que los dos queremos a Sue lo mejor que podemos”

Desde la distancia las únicas certezas sobre ese matrimonio son que les dio dos hijos y que convirtió a las dos mujeres en vecinas eternas (solo unos pasos separan Homestead, la casa donde Dickinson pasó su vida y que hoy alberga su museo) y Evergreens, donde se estableció la nueva generación de los Dickinson. También que cerca de 276 poemas (conocidos) e incontables cartas recorrieron la distancia entre sus puertas.

Poema manuscrito de Emily Dickinson

Afirmar que Susan Gilbert fue el único sujeto de los afectos epistolares de Emily sería sin duda favorecer el carácter inalterable del romance, pero también faltar a la verdad. Hay cartas que escribió durante su década de los veinte que inducen a pensar que tuvo flechazos con profesoras y amigas, y evidencias de que mantuvo una relación con la también poeta Kate Scott Turner desde que se conocieron (a través de Susan) en 1859.

Para complicar un poco más las cosas, es probable que considerase casarse con el juez Otis Lord en algún momento de su vida y entre sus escritos hay una colección completa de cartas dirigidas a un destinatario anónimo, “Master”, que podría haber sido un hombre, diferentes hombres o una figura inventada. “Mi presentimiento (tentativo como todo sobre Emily Dickinson en el momento que escribo) es que tuvo muchos entusiasmos, no pudo vivir sin ellos, fue de uno a otro (a veces incluso tuvo dos a la vez), pero por diferentes razones”, aseguró Richard Sewall, autor de «The Life of Emily Dickinson» (1974). La constante siempre fue Susan.

 

 

Wild Nights de Emily Dickinson

¡Noches Salvajes – noches Salvajes!
¡Si yo estuviera contigo
Las noches Salvajes serían
Nuestro lujo!

 

¡Fútiles – los vientos –
Para un Corazón en puerto –
Que ha terminado con la Brújula –
Que ha terminado con la Carta de Marear!

 

Remando hacia el Edén –
¡Ah – el Mar!
¡Si yo pudiera tan solo amarrar – esta noche –
En ti!

(1861)

 

 

Si en toda gran historia de amor hay una figura que representa la idea más básica del mal, en esta no fue solo la sociedad en la que les tocó vivir. Dickinson no mostró interés por publicar su trabajo hasta el final de su vida, y aunque ese interés propició que cambiase algunos pronombres femeninos por pronombres “barbudos”, como ella los llamaba, o que utilizase el recurso del centro omitido para que solo el protagonista entendiese que era el destinatario o para mantener su propia privacidad, fue su editora póstuma Mabel Loomis Todd (que, por cierto, tuvo una relación con su hermano Austin, el mismo hermano que convirtió a Susan en su cuñada) quien se encargó de borrar todo rastro femenino de la obra de la autora. Se encargó, también, de modificar aquello que entendió como complicado, titulando lo que no se había titulado y haciendo rimar versos que su autora no había emparejado. Así, el poema 84, con su “Su pecho está hecho para las perlas” fue publicado como una carta a Samuel Bowles, dueño y director del periódico «Springfield Republican» y el cumplido pasó a ser un guiño amistoso a su mujer. Más tarde sería su sobrina Martha (hija de Austin y Susan) la que perpetuaría esa conducta, cambiando un “… Susie, vendrás a casa el próximo sábado, y serás mía otra vez, y me besarás como solías hacerlo?” por un “… Susie, ¿vendrás a casa el próximo sábado?”. Los poemas y cartas originales no vieron la luz hasta 1950, 64 años después de su muerte.

Más allá de censuras o alteraciones, los escritores y aquellos que desarrollan cualquier tipo de actividad artística o creativa pierden el control sobre el significado de su obra cuando la hacen pública. El ojo observador las entiende (o no) conforme a su experiencia, pudiendo cambiar por completo el sentido con el que se hicieron. Lo trascendente de la obra de Dickinson y el misterio de su existencia recluida en Homestead, sumados al enigma de su vida sentimental, han propiciado las teorías, estudios e investigaciones que solo han tenido como resultado más preguntas.

Susan fue musa, editora, lectora y compañera de Emily. Fue su “única mujer en el mundo”. Como ninguna le puso nombre, solo cabe figurar qué tipo de vínculo las unía, y los periodos de calma y las tormentas a los que tuvo que hacer frente ese hilo conector. Por las palabras de la poeta, escritas hasta en el pedazo de papel más pequeño que se encontraba en casa, no cabe duda de que lo único que pudo mantenerlo fue el amor. Y el amor es el amor, ¿no?

 

Carta a Sue 1864
Emily Dickinson carta a Susan en 1864

«Dulce Sue,

No hay “primero” o “ultimo” en Para Siempre,

Está el Centro, ahí, todo el tiempo.

Creer es suficiente y el derecho a suponer.

Llévate esa “Abeja” y “Ranúnculo”,

No tengo espacio para ellos

Sino para la mujer a quien yo prefiero.

Aquí es festival.

Cuando mis manos sean cortadas

Sus dedos serán hallados en su interior.

Toma la llave para abrir el lirio, ahora,

Y yo encerraré a la rosa»

(1864)

 

Fotos: Emily Dickinson Museum / Emily Dickinson Collection

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