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Lecturas de verano

No es una guía ni una lista de recomendaciones. Es algo intermedio.

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
19 de agosto, 2020

El tiempo no es la unidad de medida favorita del ser humano. Y con razón. Aunque todas las horas, minutos y segundos duren lo mismo, no nos parecen igual. El tiempo desaparece cuando queremos que dure y parece eterno cuando queremos que se acabe. El tiempo es menos amigo que enemigo, y expresiones como “tiempo muerto” o “matar el tiempo” suenan a auténtica venganza. El tiempo, que nos gana todas las batallas, siempre golpea de nuevo haciendo que las semanas de verano, llenas de ratos muertos, se las ingenien cada año para pasar volando.

La idea de tener tiempo libre (en realidad nunca es libre del todo) nos parece oportunidad para hacer planes. Hacemos la maleta con la esperanza de llenar nuestros días de momentos para la historia y de libros con la idea de multiplicar los destinos de un viaje. ¿Cuántos habrán huido de su parcela de playa acotada con una novela sueca en la mano este verano? ¿Cuántos habrán acallado los gritos del hijo del vecino en la piscina con las llamadas voces de su generación? Cuántas personas habrán suplido la ausencia de amores estivales con novelas de Danielle Steel. Leer siempre es una buena idea, pero en este 2020 de acontecimientos inesperados parece la mejor, especialmente ahora que es evidente que hemos salido demasiado pronto a comprar flores como Mrs. Dalloway (1925) porque, aunque en la novela no hay mención específica, el personaje de Virginia Wolf había sobrevivido a la gripe del 18. Nótese que del 18 al 25 hay siete años, no unas semanas.

Puedes saber mucho de una persona por lo que lee siempre que no esté sumergida en un libro con cubiertas forradas. Los de las autobiografías saben escuchar. Los que se decantan por la autoayuda conocen (o intentan conocer) sus problemas y los que leen novela histórica necesitan un punto de realidad. Hay quien apuesta por el libro del momento para evitar complicaciones. El Niño con el Pijama de Rayas o La Chica del Tren (la chica de este año no va en tren, es de nieve), a pesar de que desde el principio se sepa que uno acaba en tragedia y el otro te deje preguntándote cómo no habías pensado antes lo del gin tonic en lata. Todos mis respetos, por cierto, a los que esperan a que haya pasado el boom para empezar el libro. A los que tachan ahora de su lista el Booker Prize de 2013 (Las Luminarias de Eleanor Catton) o El Jilguero de Donna Tartt que ganó el Pulitzer de novela en 2014 y, para colmo, ya tiene película. Si has leído Normal People en lugar de ver la serie eres la resistencia.

Hablando de listas: los deberes. El que no tenga asuntos pendientes con la literatura universal que pase la primera página. Los de El Idiota de Dostoievski, Ana Karenina de Tolstoi, La Educación Sentimental de Flaubert. Estos saben que lo que parece un gran sacrificio acaba siendo una especie de salvación, que de las frases que no acaban y de los párrafos interminables puede salir un Á la recherche du shoe perdú (1955) de Warhol porque no hay tiempo dedicado a Proust que pueda considerarse perdido. Para estos, el 28 de agosto no es un día cualquiera porque han leído El Despertar.

Que no se me malinterprete, la lectura indulgente es igual de legítima. Hace unos cuantos veranos leí Front Row: Anna Wintour, Champagne Supernovas y Kate Moss: The Complete Picture en quince días. Sobreviví para contarlo y aprendí que lo que hoy es un escándalo mañana una simple anécdota. Aquí cabe la novela rosa, la policiaca, la de ciencia ficción… hay tantas aficiones como lectores, pero si la tuya pertenece al último género deberías leer todo lo escrito por Ursula K. Le Guin.

Lo nuevo, nuevísimo también está sobrevalorado si hablamos de libros. No hay nada más revelador que la relectura. La Insoportable Levedad del Ser, Malena es Nombre de Tango o Según Venga el Juego no son lo mismo más de una década después. Y no son los libros los que cambian.

 

Leer puede ser un acto de intimidad personal equiparable a pensar, pero no hay que subestimar el encanto de la lectura colectiva. Sobretodo si se trata del horóscopo en la playa o la piscina, aunque esta actividad, que pasa por comprar revistas, haya sido abandonada en favor de la pantalla del móvil. Poco se habla de lo mucho que se pierde sin compartir predicciones durante la adolescencia, y no me refiero solo a las relativas al futuro propio: observar a tu amiga tergiversar 50 palabras hasta hacerlas significar lo que ella quería que significasen es una experiencia que te educa en la habilidad de la gente para interpretar lo que le conviene*.

 

Están los libros que no leemos y en la maleta de vuelta pesan tanto como el vestido que no llegó a ver la luz o la última copa que nunca fue. Al final siempre nos falta tiempo.

 

 

 

*La autora cree tanto en la influencia de los astros como en la capacidad de sugestión del ser humano. El escepticismo de virgo.

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