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Oda (cultural) a un par de medias

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
29 de octubre, 2020

Hubo un tiempo en el que cada año por estas fechas nos asaltaba la misma pregunta: ¿cuándo es adecuado ponerse medias? ¿Es muy pronto? ¿Es demasiado tarde para ir con las piernas al aire? No sé si ha sido la madurez o que en este punto de la historia de la indumentaria ya nadie se pregunta qué es apropiado ni cuándo es adecuado llevarlo -estoy abierta a escuchar tus teorías-, pero qué peso nos hemos quitado de encima.

 

Por tener la condición de ser la más exterior de las prendas interiores -la única lencería que solía mostrarse por la calle- las medias no se han librado de ejercer como víctima y verdugo para las mujeres. Lo han sido cada vez que se han entendido como diferenciador de clases, desde los tiempos en los que por fabricarse solo a partir de seda la mayoría de la población no podía permitírselas (el mundo debería dejar de romantizar el hecho de que las mujeres se pintasen la raya de la costura durante la Segunda Guerra Mundial, porque no deja de ser una historia de sufrimiento) hasta la primera década de los 2000, cuando no llevarlas implicaba pertenecer a esa élite que se deja llevar en coche de puerta a puerta. Verdugo también a partir de 1959, cuando ya elaboradas en nailon y rayon y comercializadas en masa se utilizaron para moldear y conciliar en un único tono de nude (el de la piel blanca) las piernas de las mujeres. Verdugo cada vez que su uso se ha impuesto en el ámbito laboral como parte de un uniforme para extender la misma idea estandarizada del cuerpo femenino. Esa cara oscura también ha derivado en su uso como símbolo de individualidad y protesta (especialmente en el arte); y ha multiplicado su condición de objeto emocional. Al fin y al cabo, no es complicado establecer vínculos sentimentales con una prenda que pasa tanto tiempo en contacto con la piel.

Aunque en moda ya no se habla de cosas apropiadas ni de tendencias, las medias llevan suficiente tiempo desempeñando un papel no protagonista pero secundario y necesario en las colecciones. En la categoría de las evidentes están las de Gucci o Chanel cubiertas de logos que son, para qué engañarnos, otro elemento de acceso a una marca a precio razonablemente asequible (inserte aquí el sonido de una caja registradora). También están las de Nensi Dojaka, tan sencillas y complicadas como la cuestión de la identidad femenina; los looks velados de Supriya Lele o las que han devuelto la fuerza al Mugler de Casey Cadwallader. Este espíritu, que no es otro que el de la independencia, ya lo hemos visto representado en el cine.

 

El personaje de Shirley MacLein en Irma la Dulce (1963) se puede resumir en las medias verdes que le puso Orry-Kelly y la Chloe interpretada por Meg Tilly en The Big Chill (1983) desvelaba con su par en blanco una cara que no mostraba ante los amigos de su difunto novio. No está de más recordar, tampoco, las proezas estilísticas de Parker Posey en Party Girl (1995) o las actuaciones estelares de Liza Minnelli en Cabaret (1972) porque nadie (repito: nadie) las ha subido a un escenario llevando la procesión por dentro como ella.

 

“Justo cuando estamos a punto de salir al escenario miro para abajo y veo que una de mis medias de goma nuevas está rasgada desde la rodilla hasta el muslo… un técnico, viendo mi angustia, se lanza al rescate remendándolas con cinta aislante. Queda guay”. La anécdota es de Viv Albertine y se recoge en sus memorias Clothes, Clothes, Clothes. Music, Music, Music. Boys, Boys, Boys (2014) y sirve para demostrar cómo de frágil puede ser nuestra relación con esta prenda. No es el único que se puede encontrar entre las páginas de un libro: una de las integrantes de El Grupo (1963) de Mary McCarthy recibe el inestimable consejo de tratar de solucionar los problemas sexuales de su marido con “lencería de chiffon negra, medias de seda negras y perfume barato” (alerta spoiler: no funciona) como si el problema fuera suyo y estarás conmigo si digo que las de Bridget Jones (1997) las sufrimos tan terriblemente como ella.

Más descorazonador fue lo de CS Lewis en la última entrega de Las Crónicas de Narnia (1965), cuando dejó sin resolver la cuestión de Susan cuando ya solo le interesaban “las medias de nylon, las barras de labios y las invitaciones”.

El campo en el que más se han explotado todas las caras del nylon es el arte: de la feminidad al fetichismo, del sometimiento a la libertad sexual. Louise Bourgeois tuvo la idea de crear figuras mutantes que representasen torsos femeninos con ellas (también las empleó para analizar la relación entre distintos sexos) y Sarah Lucas le tomó el testigo con su serie “Bunny”. Por ser moldeables y maleables se convirtieron en el relleno perfecto para las sillas de Yayoi Kusama y Marianne Berenhaut las utilizó para dar vida a sus Poupées-Poubelles (1971-1980) con las que manifestó su opinión sobre la cuestión feminista y su rechazo a la guerra de Vietnam. De la misma época es el trabajo de Senga Nengundiy y más cercano a nuestro tiempo Ni Una Más I (2003) de María Ezcurra.

 

Ahora que Casey Cadwallader las ha vuelto a convertir en sinónimo de estrella del pop (Hola, Dua Lipa), es difícil pensar en medias y música sin recurrir a la estética de quien pone voz al asunto. Pero el esfuerzo, como casi siempre, merece la pena. Ella Fitzgerald cantó a las brillantes, a Josephine Baker el hecho de no poder costearse unas no le impidió sentirse como un millón de dólares y Debbie Harry supo encontrar la gracia a unas con agujeros. Me quedo con “The Last Time I Say Richard” de Joni Mitchell, porque yo también llevaba medias la última vez que le vi.

 

 

 

 

*La playlist sobre medias que no sabías que necesitabas, aquí.

 

**Este artículo gira en torno a la relación de la mujer con las medias, pero conviene echar un vistazo a los primeros años de la obra de Ulay en los que a través de ellas -entre otras cosas- trató de ponerse en el lugar del otro.

 

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