Please turn your phone to vertical position
to visualize correctly the website.

Para siempre y nunca más

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
10 de agosto, 2021

La fecha de la foto coincide por poco tiempo con la primera vez que me senté a tomar un café con Enrique Campos y acabamos tomando tres. Yo trabajaba en L’Officiel, y necesitábamos su retrato para acompañar la entrevista que le había hecho como parte de un especial de directores de moda. Era 2016. Esa no fue la primera vez que le vi, ni la primera vez que escuchaba su nombre. Enrique ya era una leyenda. La primera vez que le vi fue en 2009, en un showroom en el que hacía prácticas. Esa también debió de ser la primera vez que formulé el concepto “guapo de marear”. No sería justo decir que Enrique tenía ángel, era tan atractivo que lo suyo era más bien demonio. La cuestión es que cuando salió el reportaje me escribió un e-mail para darme las gracias, en sus palabras, “por haberle hecho parecer inteligente”. Aunque sabía que estaba siendo amable, le contesté que lo único que había hecho fue poner sus respuestas en orden. La verdad. Entre 2016 y 2019 me lo encontré ocasionalmente. Su risa allí y el humo de su cigarrillo allá. Siempre me hacía ilusión encontrármelo porque siempre era la persona más divertida del lugar. En 2019 empezamos a trabajar juntos y entonces dejó de ser Enrique Campos y pasó a ser Enrique o Campos. Mi amigo.

 

Retrato en blanco y negro Enrique Campos Sanchez por Dario Vazquez

Mi amigo era hombre y era niño. Mi amigo era complicado y fácil con la misma aleatoriedad con la que decidía si alguien le caía bien o mal. Mi amigo hacía saber a las personas si le caían bien o mal. Le daba vergüenza pedir a un señor en el avión que le cambiase el asiento para poder ir a mi lado, pero no le costaba ni un segundo poner en marcha un sistema de trueque por el que los vendedores ambulantes del Parque del Oeste le cambiasen cigarrillos por latas de cerveza. El señor le cayó mal, los vendedores bien. Mi amigo era la calle, todas las calles, porque en todas partes le conocían. Mi amigo con sus Vans rotas y su abrigo de Balenciaga. Mi amigo me enseñó que en Milán lo primero es el risotto precedido de un entrante y seguido de postre y café y luego ya, si eso, los desfiles. Mi amigo y yo trabajábamos en lo mismo, pero no nos recuerdo hablando de moda cuando estábamos solos. Me contaba historias porque nunca se le acababan las historias. Mi amigo y yo podríamos haber sido el tipo de amigos que se comunican con la mirada si él hubiese tenido la habilidad de no decir cada cosa que se le pasaba por la mente. Mi amigo no callaba y no paraba, aunque a veces te dabas cuenta de que la tarde había pasado en silencio en su sofá solo porque había dejado de entrar luz por el balcón. Mi amigo era el vozarrón que hablaba por encima del sonido de la campana extractora, afanada para que no oliese toda la casa a paella, y por encima de Islands in the stream. Mi amigo tenía una risa escandalosa, una carcajada atronadora. Mi amigo era atracción, punto de encuentro. Nunca sabías con quién acabarías compartiendo tortilla ni a quién te obligaría a relatar tu dramática vida amorosa, desafiando a tus principios y a tu discreción, para zanjar el tema con un “Tú lo que echas de menos es ese cuerpo de atleta”. Mi amigo conseguía que se me olvidase lo que fuera que me hubiese molestado con un “Enfaditos no”. Su piso de Pelayo era el escenario de una sitcom. Con mi amigo te pasaban cosas de la misma manera que te pasan cosas en Nueva York. Mi amigo sufría varios flechazos al día. A veces se trataba de personas, a veces de disciplinas artísticas, a veces de un helado. Mi amigo miraba, y por eso veía. “Fíjate en cómo coge la copa ese chico. ¿Has visto qué elegante?”. Por supuesto que no lo había visto. Te estaba mirando a ti viéndole a él. Mi amigo demandaba mucha atención y padecía de celos. Mi amigo llamaba a la gente por el nombre que consideraba que les correspondía y qué culpa tenía él de que algunos vayan por la vida con nombres que no les pegan. Mi amigo era testarudo. Mi amigo solo hacía lo que le daba la gana y ahora, los que le reñíamos porque “Enrique, no puedes ser así”, nos consolamos con la idea de que hizo, precisamente, lo que quiso. Mi amigo adoraba a su madre. Y es cierto que casi todo el mundo adora a su madre, pero lo suyo era diferente. Juntos, ella tan diminuta y él tan gigante, eran dos seres mágicos. Mi amigo tenía una familia generosa, aunque eso lo he descubierto tarde. Una familia de esas que ofrece consuelo cuando no hay nada que pueda consolarlas. Por eso, ahora lo entiendo, mi amigo era acogedor. Nadie abraza como abrazaba mi amigo.

 

No recuerdo cuando pensé por primera vez en lo injustos que somos con algunas palabras, en cómo las colocamos donde no debemos y las pronunciamos cuando no corresponde. Al hacerlo les quitamos importancia y les restamos significado. No es justo decir que esto siempre o que aquello nunca porque esto tendría que repetirse de manera constante hasta el fin de los días y aquello no debería tener lugar jamás. Lo hacemos sin titubear, a las bravas. Y no creo que sea sin querer. Siempre y nunca son adverbios irremediables. Conceptos absolutos que aplicamos a la ligera para perderles el miedo. Siempre y nunca son definitivos, no tienen solución. Solo se sabe si siempre o si nunca cuando es demasiado tarde.

 

Mi amigo se murió hace diez días. Mi amigo era una persona siempre y nunca. Una persona absoluta. Mi amigo no era en ningún caso el término medio. A mi amigo no le gustaban ni mi costumbre de no hablar cuando me pasa algo ni esa manía que tengo de querer estar sola. No soportaba mis tiempos, le frustraban. Estos días me río cuando me doy cuenta de que lo llevo encima cuando me pesa el cuerpo como la losa que él podía llegar a ser y cuando me parece que levito porque estoy vacía. Me río porque me ha dejado sin término medio. Mi amigo fue mi amigo, mi hijo y mi novio. Me ha dejado siempre y nunca. Siempre voy a estar un poco enamorada de él porque no me dio tiempo a cansarme de sus excesos ni de sus defectos. Nunca volveré a pasar por la calle Princesa sin recordar la noche en que estaba desierta y me trajo a casa en patinete. Siempre será uno de los momentos más felices de mi vida. Mi cita preferida. Mi amigo siempre será todas estas cosas y yo nunca seré la misma.

Foto: Darío Vázquez

BACK TO FEED
Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts Related Posts