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Pololos y miriñaques

¿Y si lo nuevo fuese en realidad muy viejo y el retroceso supusiera un avance?

Words by Raquel Fernández Sobrín

Artículo
18 de junio, 2020

El punto de partida de esta disertación es un poco débil, porque su punto de partida es que la crítica de moda existe, o lo que es lo mismo, que todavía es relevante. Hace nueve meses y lo que parecen doscientas lunas, las reseñas (este concepto sí se adecúa más a la tarea actual del periodismo de moda) sobre la colección Primavera/Verano 2020 de Loewe se vieron ligeramente ensombrecidas por la aparición de miriñaques, aunque es curioso que el mismo elemento no fuese capaz de levantar tantas cejas cuando formó parte de las salidas finales del desfile de Demna Gvasalia para Balenciaga. El motivo de esta diferencia, probablemente, está en que el georgiano nos tiene más acostumbrados a las proporciones poco comunes y en que se apresuró a asegurar en el backstage que sus miriñaques eran de quita y pon.

No era la primera vez que veíamos sobre la pasarela una silueta parecida a la de ese armazón que vivió su época de esplendor en el siglo XIX (el mismo Jonathan Anderson había recurrido antes a las bondades de su volumen aplicado a cinturones), pero sí la primera en que la propuesta se cuestionó como ofensa. ¿Es justo que, después de generaciones liberadas de sistemas de constreñimiento físico, se imponga a las mujeres el regreso un estilo que llevó a algunas a perder la vida*?

 

 

La respuesta negativa es tan evidente como que el mismo elemento no debería someterse a juicio en distintos momentos de la historia sin tener en cuenta la evolución de su contexto. Pero esto, en la moda y en la vida, tiende a pasarse por alto. Hoy, por ejemplo, a nadie debería escapársele que la industria de la moda ya no tiene autoridad para imponer nada (aunque la propia industria es a veces la primera en hacerse la olvidadiza), que llevar una prenda con una estructura que garantiza algo tan asimilado en los últimos meses como el distanciamiento social puede ser igual de útil que una mascarilla, o que el hecho de que nadie sepa lo que sucede por debajo de tu cintura al ir por la vida con la mitad del cuerpo oculto bajo una falda sea un ejercicio de libertad tan válido como compartir una foto de tu trasero en Instagram.

 

Puestos a volver al pasado y si de lo que se trata es de dar con algo original, el siglo XVIII supone más novedad que la vigésima recuperación de la estética de los 80 del XX

 

Chanel Spring 2020

Otro asunto es que lo que se juzgue aquí sea la fuente de inspiración que para los diseñadores supone el pasado. O la falta de una propuesta desconocida, puramente nueva. Pero a ver quién se atreve a pedir peras a un olmo que se encarga de crear una media de ocho colecciones al año. A ver quién puede afirmar que lo único que no nos sonaba de la primavera de Chanel eran los pololos que se asomaban bajo la falda del look de Rebecca Leigh Longedyke. Puestos a volver, el XVIII supone más novedad que la vigésima recuperación de los 80 del XX. Tampoco está de más recordar que el pasado es la única certeza que tenemos para intentar analizar el presente, y que a lo largo de la historia de la moda todos los diseñadores han recurrido a él para construir sus propuestas por cuestiones más estéticas que éticas.

 

 

“Aquellos vestidos, aunque no eran esos trajes verdaderamente antiguos con los que las mujeres de hoy parecen un poco disfrazadas y que es bonito guardar como piezas de colección, tampoco tenían la frialdad de la imitación de lo antiguo. […] los trajes de Fortuny, fielmente antiguos pero poderosamente originales, evocaban como un decorado […] la Venecia toda llena de Oriente donde aquellos trajes se llevaron”.

En busca del tiempo perdido, Volumen 5. Marcel Proust

 

Anderson aplicó el miriñaque con la idea de celebrar la artesanía -una de las pocas vías claras de salvación para una industria acorralada por el problema de la sostenibilidad-; y Matty Bovan lleva utilizando esa silueta a modo de desafío desde el principio de su carrera, intentando cuestionar lo que catalogamos como aceptable e inaceptable. Esto, por cierto, también ha sucedido directamente en la calle en el caso de las tribus urbanas, que se han vestido con prendas de décadas anteriores para expresar ideas en su presente. ¿Hay mayor prueba de progreso que cambiar el sentido de un elemento del ayer y adaptarlo al hoy?

El corsé, que ya cuelga hasta de las perchas de las firmas de Inditex, también fue objeto de polémica cuando amenazó con su vuelta para acabar erigido en símbolo del empoderamiento femenino.

 

Ojalá el miriñaque nos haga recuperar el polisón. Imagina que vuelve el en-tout-cas, un accesorio a medio camino entre el paraguas y la sombrilla ahora que no hay quien se aclare con el tiempo. Piensa en todo lo que podrías esconder bajo un guardainfantes o en las ventajas de volver a utilizar guantes hasta el codo cuando todavía planea sobre nuestras cabezas la alarma sanitaria. Supón que por fin nos damos cuenta de que hace tiempo que ya no se trata de lo que llevamos, sino del sentido que le damos en función de lo que hacemos cuando lo llevamos puesto.

 

Balenciaga show

 

 

*El riesgo letal no consistía en peligro de asfixia u opresión de órganos. Al ser su estructura de madera, ardían con facilidad al pasar cerca de una chimenea o brasero.

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